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Extinguiendo recuerdos {Elena <3}

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Extinguiendo recuerdos {Elena <3}

Mensaje por Alondra C. Townley el Miér Abr 03, 2013 7:20 pm


El primer y el último miércoles de cada mes ocurría algo extraordinario. A las dos de la madrugada, un tren con origen San Petersburgo entraba en la estación de Koltsevaya en un andén aleatorio y descendían tan solo unas pocas personas que preferían el horario nocturno fuera por el motivo que fuera. Entre ellos se encontraba él. Con el tiempo había averiguado que trabajaba en una relojería importantísima del centro de San Petersburgo, mientras su amada aguardaba con paciencia en Moscú. Las despedidas no me gustan en absoluto, por eso pasaba por alto el primer y el último sábado de cada mes cuando él se marchaba de nuevo para ir tan solo los miércoles. La chica morena con rasgos siberianos y el relojero se encontraban en la mitad del pasillo. Cuando se abrazaban era como si desataran una retahíla de recuerdos que no tenían ni principio ni final. Entonces él sacaba de la maleta negra de charol que acarreaba una bolsita de tela y se la entregaba a su chica, que resultaba ser el envoltorio de una antigualla con agujas que seguramente nadie debía querer ya. Algún día hice los cálculos y llegué a la conclusión de que ella tendría al menos tres decenas de relojes viejos. Cuando llevaba dos meses despertándome a la una de la madrugada para ir a ver a aquellos extravagantes amantes, empecé a preguntarme por qué lo hacía. Se me ocurrieron un montón de cosas, pero creo que la más acertada era que me gustaba contemplar aquella escena desde la lejanía porque me parecía un fragmento de una película. La escenografía era maravillosa: las arañas grandes y doradas del techo iluminaban con suficiencia el túnel subterráneo, que con sus grandes cuadros de pintores casi anónimos y marcos barrocos tardíos, acompañaban al transeúnte hasta la salida. Los personajes principales eran tan reales como yo misma y la historia estaba tejida con hilos de sobrecogedor apego. Un par de meses después vine acompañada. Llevaba mi Leica X2 colgada del cuello y como era la cámara más pequeña y por ende discreta que tenía, pude sacar tantas fotografías como quise escondida detrás de una de las columnas.

Lo que jamás se me hubiera ocurrido era que mi rutina se resquebrajase de un día para otro. Aquella noche lluviosa de abril sorprendí a la alarma de mi despertador con una sonrisa. En tan solo media hora estaba en la boca de la estación, echando aquella ficha más parecida a una moneda que a otra cosa y descendí por las escaleras mecánicas hasta las galerías. Eran todavía las dos menos cuarto cuando me escondí bajo uno de los puentes del largo pasillo y esperé con paciencia, ajustando la obertura del diafragma, la velocidad de obturación, la saturación y el contraste. No olvidé el modo blanco y negro que hacía las fotografías más mías. Miré mi reloj justo cuando el tren encajaba en el andén. Respiré hondo. Mi corazón latía con más fuerza y velocidad. Mis pupilas se dilataron ligeramente, las vi reflejadas en la lente de la cámara. Mis latidos se fueron haciendo más rítmicos conforme pasaba el tiempo. Las puertas del tren emitieron un sonido ensordecedor que me hizo cerrar los ojos por unos instantes y cuando los volví a abrir, una manada de gente se dirigía al final del corredor. Mi mirada descansó en todos esos hombres y mujeres que daban pasos agigantados en algo parecido a una carrera por llegar a la salida. Sus cuerpos se aglomeraban con violencia, hasta que finalmente se desatascaron y la estación volvió a vaciarse por completo. Cuando volví a mirar el reloj eran las tres de la madrugada y todavía no había rastro ni de ella ni de él. La desilusión que sentí en aquel momento era equiparable a un globo que se deshincha con el barrido del segundero sobre el dial del reloj. Me dejé caer, arrastrándome por la pared hasta que mi trasero entró en contacto con el mármol frío del suelo a través de los tejanos. Noté cómo las cuencas de mis ojos se anegaban de lágrimas que quería dejar salir al exterior, lo juro, pero no se escapó ni una. Un sollozo huyó de mis labios sin permiso y traté de acallar el desengaño que susurraba mentiras de forma incesante en mi cabeza. Me cubrí el rostro con el pelo de color rojo fuego como si fuera el telón de un escenario y aguardé como si me quedara por delante todo el tiempo del mundo. Mis manos se iban agarrotando con el frío, la temperatura exterior debía ser inferior a los cero grados. Sentía los músculos entumecidos por el mismo motivo y creo recordar que jugué con la idea de volver a mi hogar, pero no sé por qué acabé decidiendo que lo mejor era permanecer en aquel abúlico lugar disfrazado con una máscara de indiferencia.

Durante horas estuve encogida detrás de esa columna alabastrina, preguntándome por qué me sentía así y cómo una ilusión creada de recortes de la vida de personas ajenas tenía la fuerza suficiente para hacer que mi mundo girase en la dirección contraria. Estaba empezando a dejar caer mis párpados sobre mis ojos cuando noté que alguien o algo tocaba mi hombro. Me volví con rapidez.



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Re: Extinguiendo recuerdos {Elena <3}

Mensaje por Elena K. Melkumyants el Miér Abr 03, 2013 11:56 pm

¿Y si luego queríamos hacer algo además de actuar en las obras? Muchos actores se rendían ante la baja oferta laboral y decidían dedicar su vida a la dirección. Nunca lo consideré como una opción, pues la actuación ha sido mi vocación desde siempre, y yo sé que cuando alguien desea algo mucho y pone todo su esfuerzo en ello, no hay manera de que no se cumpla; además sé que tengo mucho talento y con mi carisma puedo llegar a todo tipo de público. De todas maneras, me encanta dar lo mejor de mí en cada clase y con cada nuevo desafío que nos plantean, así que la tarea de esta semana no deja de emocionarme (aunque muchas cosas lo hacen). Crear una historia y luego adaptarla a un guion de teatro. No había reglas, no había temática alguna, esa era la única indicación: crear. Yo tengo una gran imaginación, que se ve muy alimentada por la gran cantidad de horas que me la paso leyendo, así que no creo que sea problema. Muchos de mis compañeros se limitaron a cerrar las puertas de sus residencias una o dos horas pidiendo no ser molestados para hacer tranquilamente la tarea, sin embargo yo quería ir más allá…quería hacer algo grande. Estaba demasiado ilusionada, estado en el que en realidad permanezco la mayoría del tiempo. No tenía una idea exacta de que era lo que quería hacer y sin embargo no podía quitar las sonrisas y las infantiles risas que se escapaban de vez en cuando de entre mis labios, animada ante la perspectiva de un nuevo día con un propósito tan estimulante como crear ¿Cómo no iba a estar emocionada? Una hoja es blanco representa infinitas posibilidades, el claro desafío de ser pionera en algo, de hacerlo tan grande y trascendente como quieras. Muchos de mis profesores solían decirme de pequeña que el mundo esta hecho de átomos, y yo siempre creí que estaban equivocados, pues para mi el mundo está hecho de imágenes, de historias, de letras y experiencias, precisamente por eso había decidido dedicar mi vida a representarlas.

Decidí destinar todo el transcurso de ese día a caminar por las calles de Rusia ¡cuán feliz me ponía! Cualquier persona que me conozca y haya tratado conmigo, sabe lo mucho que me alegran las cosas sencillas, yo podría pasar mi vida sentada en una plaza, con una gran sonrisa en los labios, o quizás dando saltitos entusiasmada por Moscú ¿Qué motivos existen para estar tristes? Nadie me quita de la cabeza que la gente se los inventa ¿Acaso no pueden ver la majestuosidad y perfección que nos rodea? Cualquiera de esos lugares que pasaban junto a mi podrían haber sido el escenario perfecto de una historia de amor, mis favoritas, lo que es un punto bastante curioso sobre mi: a pesar de que me he enamorado solo una vez y las cosas no terminaron demasiado bien (en realidad me dañaron bastante) yo sigo creyendo firmemente en el amor, 'estás enamorada del amor, Elena', solían decirme algunos de mis amigos me dicen. Y yo no me molesto en llevarles la contraria: estoy enamorada del concepto de ‘amor’, y eso me saca una gran sonrisa aunque no lo haya vivido del todo; me encanta la idea de un sentimiento que no conoce barreras de ningún tipo, y jamás renuncia, que no espera nada a cambio. Soy alguien demasiada entregada, y, estoy segura que cuando el momento llegue yo sabré darlo todo, y quizás, con un poco de suerte, me lo den de vuelta. Pero por ahora estoy de maravilla con mis libros, mis dulces, mis guiones y algún rayo ocasional de sol que ilumine mi cabello lo suficiente como para alimentar mi infantil ilusión de creer que se está incendiando. Y parece que todo se entrelaza: amor, ilusión, rojo, fuego…definitivamente necesito una historia de amor, nadie puede vivir sin el. De vez en cuando me pongo realmente triste al pensar en todas las personas que, por una decepción ya no creen más en la magia de ese hermoso sentimiento… Estaba divagando en todos esos asuntos cuando la estación de Koltsevaya se presentó imponente frente a mi. Me quedé paralizada mirándola con ese brillo de ilusión y felicidad que solía llevar en el rostro ¿Cuántos amores habrán ocurrido aquí? ¿Cuántos encuentros (no me gusta pensar en los desencuentros) y romances habrán visto su inicio o su clímax en estos andenes? Y de inmediato supe que tenía el escenario perfecto para mi guion.

La alarma del despertador sonó a la una de la madrugada ¿Y por qué a esta hora? En mi mente, la respuesta era lo más simple del mundo: ¿Y por qué no? ¿Hay una mejor hora para el romance que la madrugada? Estaba segura que la estación en la atmósfera de el amanecer tan romántico por excelencia sería inicio de un sinfín de historias que acudirían a mi cabeza. Me abrigué lo necesario y llevé los infaltables dulces, un lápiz y una libreta en mi bolso. Eso era todo. Tomé la bicicleta y comencé a pedalear desde el campus hasta la estación, disfrutando cada centímetro del camino y sus maravillas, los colores, los olores, las flores naciendo, la libertad que se respiraba a estas horas cuando ya nadie transita. Al llegar introduzco mi ficha y bajo hasta los andenes. Estoy a tiempo de presenciar uno de los últimos trenes. Me quedo parada en una barandilla y lo contemplo todo con una sonrisa de franca felicidad y un brillo de ilusión en los ojos ¿Cuántas historias de amor comenzarían estas personas? Bajé a saltitos las escaleras tarareando una canción, dispuesta a sentarme y dejar mi imaginación volar. Pero entonces mi corazón dejó de latir. Allí había una chica…y no era feliz. Mis ojos se pusieron llorosos de inmediato, y sentí la urgente necesidad de hacer cualquier cosa para que se pusiera bien ¡darle mi felicidad si era necesario! Y no la había visto nunca… A paso veloz me acerqué a ella, me senté a su lado y le dí un abrazo, cosa para nada rara para mi.- Por favor, no estés mal…-dije con la voz notoriamente afectada, sin preocuparme de lo raro o aterrador que le podría parecer a ella que una extraña tome esta actitud; a mi lo único que me urgía era su ánimo ¿Por qué esta muchacha estaría así? Saqué un dulce de mi bolso, luego un puñado, luego orto más.- Mira, muchos dulces, te alegrarán, cómelos, por favor.- mi voz sonaba dulce, amable y a la vez preocupada. El guion ya no importaba: me iba a quedar aquí, mostrándole mi sonrisa a esta extraña hasta que ella recuperara la propia…que de seguro era tan hermosa como ella.




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Re: Extinguiendo recuerdos {Elena <3}

Mensaje por Alondra C. Townley el Vie Abr 05, 2013 5:33 am

Su abrazo llegó como una brisa suave el primer día de primavera. Cuando me di cuenta de que unos brazos me estaban rodeando ni siquiera miré de quién podía tratarse. Simplemente lo correspondí, porque lo necesitaba. Dejé reposar mi cabeza en el hombro del sujeto y respiré hondo, intentando controlar cada inhalación y cada exhalación. Oí una voz aterciopelada que sonaba a lo lejos, pero yo estaba sumida prácticamente en un estado de hipnosis de la que no podría salir fácilmente. No sé en qué momento mis sentidos empezaron a descongelarse con una lentitud absoluta. Noté su olor, era dulce. Me imaginé un gran algodón de azúcar de color rosa y sonreí levemente. La curiosidad quiso invadirme unos minutos después, no podía dejar de preguntarme de quién debía tratarse. De algún modo me extrañaba, porque seguramente yo seguiría siendo una desconocida para esa persona. ¿Pero quién en su sano juicio abrazaba a alguien sin conocerlo? Yo podría ser una asesina en serie, una violadora, una ladrona o cualquier otra cosa peor que todas las anteriores juntas.

Mis ojos todavía se mantenían cerrados, creando fantasías que nunca había dibujado. Mi mente estaba absorta por varias cosas: la primera, la historia infinita que había llenado mi corazón de un amor ajeno y que ahora había desaparecido por completo. La segunda, las quimeras que surcaban el mar de mis ideas. Y la tercera, los estímulos que con parsimonia empezaban a hacerme despertar. Aunque parecieran tres pilares muy claros y sencillos, lo cierto es que comenzaba a confundir la fantasía con la realidad. ¿De verdad me estaban abrazando? ¿Alguien estaba regalándome su tiempo? Solté un suspiro que sonó más como un gemido desgarrador. Vamos, Alondra. A papá y a mamá no les gustaría verte así dijo Nina, escondida en un recuerdo.

***

Todas las personas que aguardan frente a ambos ataúdes iban vestidas de negro. Era el primer entierro al que asistía, pero no lograba comprender por qué el luto se representaba con aquel color. Pensé que en otros países era el blanco. El blanco era un color más sincero, o eso creía yo. Me preguntaba por qué el cementerio estaba repleto de gente que con un alto porcentaje de probabilidad tenían interés nulo por mis progenitores. Ninguno de ellos me había pagado los primeros años de la educación primaria para que mis padres no estuvieran con el agua al cuello, y tampoco habían financiado el respirador de mi padre cuando estaba en coma y mientras estaba en vida después del accidente. Sí, los culpaba. A todos ellos. Mi madre murió en el acto, pero su memoria no.

Desenterré los tacones de aguja que se habían clavado en el lodo del césped húmedo y se me ocurrió que mamá los habría llevado a algún entierro. Una lágrima rebelde resbaló por mi mejilla, cautelosa. En ese momento Nina me miró, me encontré con sus ojos resguardados por la sombra que proyectaba su sombrero. Su pulgar apagó mi tristeza, haciendo que mi piel absorbiera mi dolor en forma de gota salada.

—Vamos, Alondra. A papá y a mamá no les gustaría verte así

***

Abrí los ojos al instante. Lo primero que vi fue un cabello del mismo color que el mío. O parecido, porque mi tara no me permitía saber mucho más. Levanté la vista, deshaciéndome tan solo un poco de su abrazo, porque después de todo se sentía tan bien… Conseguí llenar mis pulmones de aire nuevo y descubrí a un ángel. Me coloqué un mechón de pelo detrás de la oreja, dejando al descubierto uno de los pendientes de galletas de jengibre que me había comprado la temporada pasada. Carraspeé. Miré los dulces que rebosaban de sus manos y acepté una chocolatina. Quité el papel dorado, doblándolo luego y guardándolo en mi bolsillo. Iría directo a mi caja de cosas inolvidables. Partí una onza y la llevé a mi boca, masticando con poca energía. Estaba bueno, era dulce. La miré, parecía preocupada.

Cuando terminé el chocolate, me eché a un lado y dejé sitio a mi ángel para que se sentara a mi lado. La miré otra vez. De hecho observé todos sus movimientos, que acarreaban una magia especial que no había visto nunca antes. Hice acopio de todas mis fuerzas y no dejé que un ápice de pena volviera a jugarme una mala pasada. Analicé lo que había ocurrido y me dije que debía ser una chica mayor, lo que implicaba enfrentarse a los problemas. Me senté como un indio, mi cuerpo comenzaba a sentir el calor. Sin dejar de sostener su mirada, hice un cuenco con una de mis manos y con la otra puse todos los dulces que sostenía. Los deposité en mi regazo y fui comiendo poco a poco. Mi dentista no iba a estar muy contenta, eso seguro.

Luego comencé a recordar. Por favor, no estés mal….

—No, no estoy mal —dije sin saber exactamente por qué, pues ni siquiera había pensado en una respuesta. Tan solo buscaba la forma de que no se preocupara por mí, de que sus facciones no se arrugaran—. Gracias —susurré.

Luego dejé que mis labios perfilaran una sonrisa, quizá tímida, aunque extrovertida a la vez. Simpática. Recompuesta. Divertida. Juguetona. Dulce como los dulces, dulce como mi ángel.


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Re: Extinguiendo recuerdos {Elena <3}

Mensaje por Elena K. Melkumyants el Sáb Abr 06, 2013 1:24 pm

De primera había sido imposible no temer que la muchacha me tildara de loca (después de todo yo era una perfecta desconocida para ella), por eso me sentí mucho más tranquila cuando noté que correspondía mi abrazo ¿Por qué aquello me hacía sentir mucho mejor? No podría verla así, no quería aceptar la idea de que algo en este mundo era capaz de afectar a alguien como ella. Y después de todo ¿Quién era ella? Una chica hermosa, dulce y angelical en apariencia, alguien a quién necesitaba cuidar con todas mis fuerzas. Los minutos en los que parecía que ella se tranquilizaba me daban calma a mi, y cuando daba la impresión de que se encontraba más afectada que antes, me llenaba de una angustia ya conocida. Yo no podía hacer nada más que acariciar su cabello una vez que apoyó su cabeza en mi hombro, cada vez con más suavidad, con más ternura, sin saber si maldecirme o no por este instinto, y el sufrimiento que conllevaba muchas veces…

¿Cuándo había comenzado? No podría establecer un día en concreto, pero estoy muy segura de que fueron todas las circunstancias de mi vida en suma las que me llevaron a desarrollar esa preocupación constante, esa necesidad que a veces, si tiene como detonante a la persona indicada, se vuelve tan importante como respirar. Ya cuando estaba en el orfanato sentía ese instinto de proteger a todo el mundo, incluso cuando habían chicos y chicas mucho mayores que yo en la habitación que me correspondía, siempre era yo la que se aseguraba de que todo el mundo estuviera bien. A veces, cuando algún benefactor me daba dulces en gran cantidad (desde esa época comencé a amarlos) dejaba uno bajo la almohada de cada uno de mis compañeros. Por supuesto yo era muy feliz ayudando y cuidando a todos, lo hacía y lo hago por puro gusto, pero a veces duele…como ahora.

Es tal mi necesidad de ver a esta chica feliz, que hace daño. Muchas veces me ocurre, y aún no aprendo a controlarlo. Ser empática al nivel que yo lo soy tiene muchas desventajas, una de ellas que me encariño demasiado rápido de las personas, y estas desaparecen en un abrir y cerrar de ojos, les entrego mi cuidado y mi cariño y luego ya no están…Y sufro. Sufro intensamente, pero de manera breve, porque entonces aparece otra persona, digna de mis dulces, mis cuidados y mis atenciones. No me gustaba la expresión de angustia que se dibujó en su rostro cuando cerró los ojos ¿En qué estaría pensando? ¿Qué recuerdos atormentarían su mente? Fueran los que fuesen, desearía cargar yo con ellos, con ellos y con todas las penas que pudieran atormentarla. Intenté atraerla más contra mi cuerpo, era de madrugada y el frío calaba los huesos, así que la única manera que tenía para asegurarme de que la muchacha no se enfermaría era intentando darle calor de alguna manera. Mis brazos rodearon su torso y mis manos se movieron, acariciando su espalda con rapidez.

Cuando abrió los ojos sentí un gran alivio en el pecho, como si todos esos minutos un gran peso hubiese estado depositado sobre el, y finalmente lo dejara moverse en libertad. La chica no solo estaba bien, si no que era hermosa. Fue la primera ocasión en que pude verla sin dificultad alguna, directamente a los ojos, contemplar ese precioso rostro, y algo me decía que ese preciso momento no iba a ser olvidado con facilidad. Entonces ocurrió algo mágico, de lo que, estoy casi segura, ella también se percató. Nuestros ojos se juntaron durante unos segundos con demasiada intensidad, nos dijimos tantas cosas en esa fracción tan corta de tiempo, como si hubiéramos compartidos nuestras vidas enteras con una sola mirada y ahora nos conociéramos del todo. Parpadeé varias veces, aún abrumada por el poder de lo que acababa de ocurrir ¿Por qué ahora sentía que la conocía? Miré sus ojos una vez más y de alguna manera sapue que ya no me escondían secretos, y que a su vez los míos no representaban misterio para ella. En los instantes en que me quedé pensando en nuestro extraordinario enlace, ella había tomado el primero de los dulces y lo masticaba con lentitud. Yo no podía dejar de mirarla, como hipnotizada ¿De dónde había salido esta muchacha y que hacía a estas horas en la estación? Quizás era fruto de mi imaginación y de la historia de amor que buscaba crear para la clase, porque la ‘desconocida’ era, de seguro, el tipo de protagonista que yo elegiría para cualquier clase de ralato. En realidad, era el tipo de persona que elegiría para cualquier cosa en mi vida, y todo esto lo sabía luego de tan solo una mirada.

-De nada, come, tengo muchos más.- dije con los ojos brillantes por haberla escuchado hablar, por saber que seguía razonando y que se encontraba bien. Y me sonrió, una sonrisa que fue capaz de cambiar y detener mi mundo entero. Y le sonreí de vuelta, y a pesar de que sonrío todo el tiempo, esta fue una sonrisa distinta, llena de esperanzas, llena de aturdimiento y atracción.-Me llamo Elena.- dije de manera instintiva, no quería que ella me considerara como una desconocida nunca más.- Estudio teatro y artes escénicas en la Krovgrekh Universitet. Tengo 22 años, y estoy aquí porque tengo que crear un guion para la clase, y la estación me pareció el lugar perfecto para una historia de amor, que son mis favoritas.- dije todo esto sin prisa y con mucha claridad ¿El objetivo? Quería darle la mayor seguridad del mundo, que tuviera la menor cantidad posible de motivos por los que preocuparse. Uno menos: yo ya no era una extraña, y por tanto, si sentía miedo de que yo la dañara, podía olvidarlo.

-¿Quién eres tu?.- pregunté con la misma voz suave, dulce y pausada de hace un momento y sin dejar de sonreír, con auténtica felicidad, esa sonrisa de siempre que hacía que todo el mundo me preguntara ¿Por qué sonríes? Y luego yo podía contestar ¿Por qué no? La vida es perfecta así. Sin saber del todo bien porque, llevé mi mano hasta la de la muchacha y la sujeté con ternura, intentando darle a entender que seguía ahí, agarrada a ella, y no me iría de su lado…En un largo tiempo, añadió una voz en mi cabeza ¿De dónde había salido?




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Re: Extinguiendo recuerdos {Elena <3}

Mensaje por Alondra C. Townley el Jue Abr 11, 2013 7:53 am

Mi mirada llevaba ya un tiempo descansando en aquella muchacha de cabello oscuro. Observaba sus movimientos con exagerado interés y desbordante curiosidad. En parte era normal, no se ve a un ángel todos los días. Bueno, un ángel dulce. Daba la sensación de que la habían rociado con granitos de azúcar transparentes, que si bien se tornaban invisibles y no se veían, la sazonaban. Miré los dulces que había dejado sobre mi regazo un par de minutos antes y los revolví. Busqué alguna chocolatina más, eran mis favoritas. Chocolate con leche y trazas de almendras. Recordé que a mamá no le gustaba que tomara tantos dulces, por eso apenas compraba. Lo que me llevaba a hacerlo yo con un dinero que me costaba bastante conseguir. Aunque visto cómo había amanecido, decidí que un día es un día, no pasaría nada malo si tomaba alguna que otra chocolatina de más esta vez.

—Muchas gracias —sonreí nuevamente, sin poder dejar de mirarla. Ella también lo hizo, de una forma que me encantó. Escuché su nombre, que me llegó con una fuerza difícil de describir. Elena, Elena, Elena. Elena es un nombre precioso. Claro que lo es—. Elena es un nombre precioso —dije esta vez en voz alta.

Asentía cada vez que me aportaba información nueva, atando cabos en mi cabeza y asociando las diferentes respuestas. Alcé una ceja al descubrir que estudiaba en la misma universidad que yo. Aunque tampoco era difícil, todos los jóvenes rusos terminaban allí porque gozaba de un prestigio incomparable con el resto de las universidades del país. No solo eso, sino que sus programas de intercambio permitían a un montón de extranjeros incorporarse con rapidez y conocer Moscú al mismo tiempo. Eso hacía que la diversidad cultural en la Krovgrekh fuera muy elevada y también enriquecedora. En mi caso, había venido de Dinamarca y me habían acogido de forma muy amable, todos. Sin embargo, a veces echaba de menos Copenhague, en especial mi casa que seguía allí, envejeciendo con el tiempo sin nadie que pudiera desempolvar los muebles y los marcos llenos de fotos de las paredes.

—Yo también estoy en la Krovgrekh, fotografía —Hice una pausa—. Y también tengo veintidós —sonreí.

¿Cómo era posible que no la hubiera visto antes? Si compartíamos universidad, también compartíamos facultad. Seguro que me la había cruzado por los pasillos alguna vez, pero… pero siempre llevaba el objetivo por delante de mis ojos, buscando planos inimaginables y totalmente innovadores. Por eso acostumbraba a perderme una parte de la realidad. Y sinceramente, esta parte no me la debería haber perdido. Mi ángel estaba allí, frente a mí. En realidad pocas veces me fijaba en el físico de mis compañeros de clase, de facultad o de universidad. Pasaban desapercibidos con mi filtro de blanco y negro, como si no fueran importantes. Normalmente lo asociaba con las pinturas de Caravaggio, de hecho en alguna ocasión me había imaginado que éramos amigos en otra vida y me había regalado el claroscuro y el tenebrismo de sus obras. No precisamente porque me gustaran las composiciones negras y oscuras, sino porque mi anomalía me obligaba a aceptarlas. Así que me extrañó ver a Elena de esa forma, la luz la trataba de forma diferente que al resto. Se manifestaba con más energía, con más vitalidad, con vida propia. Me fascinaba. Aparté aquellos pensamientos tan atrevidos por mi parte y traté de retomar el hilo de la conversación.

—Un guion, ¿escribes guiones? —pregunté animada—. Debe ser genial. Yo… —señalé la cámara fotográfica que llevaba colgada del cuello—. Yo quería sacar algunas fotografías. Tienes razón, es el lugar perfecto para una historia de amor.

Dicho eso miré el techo, blanco y liso. Las pinceladas parecían muy gruesas. A lo mejor la pintura líquida no era muy común en Rusia. El fuerte estruendo de otro tren entrando en el andén me hizo salir de mis cavilaciones. Siempre me andaba por las ramas y me distraía con cualquier tontería.

—Ah, me llamo Alondra —le dije finalmente. Había olvidado presentarme, ¿en serio? Sí, totalmente. La miré, busque sus ojos. Seguro que pensaba que era tonta y que lo de ser rubia me favorecía, a pesar de que ahora lo llevaba rojo según la peluquera de mi abuela. Me dijo que el rojo me favorecería y como Nina estaba de acuerdo, me lo teñí. Después de todo cuando veía mi reflejo en el espejo tan solo notaba mi cabello un poco más oscuro—. Tengo el pelo rojo.

Mis mejillas se encendieron unos segundos después. ¿Por qué había dicho eso? Ella no tenía la tara, ya había visto de qué color era mi pelo. Pero por algún motivo tuve muchas ganas de decírselo. Pocas veces pensaba en las consecuencias antes de hacer una acción, por eso me terminaba encontrando en ese tipo de situaciones con mucha frecuencia. No obstante, me incomodó. Quiero decir, temí que pensara que era tonta o que tenía un problema. ¿Qué haría si lo pensara? ¿Me habría hecho sonreír para descubrir que yo era un fenómeno de circo? Se llevaría una gran decepción conmigo.

Llevé la mano izquierda a mi Leica y comencé a acariciar el corto objetivo, pretendiendo relajarme así de esa forma. Lo estaba haciendo mal. Lo estás haciendo mal, Alondra, mal. Así no. ¿Pero qué iba a hacer? Ya había metido la pata. Justo cuando estaba a punto de pensar seriamente si irme para evitar el ridículo (pues ya había tenido suficiente con que la pareja me diera plantón hacía un rato) cuando sentí su contacto. Su mano se posó sobre la mía, la derecha. Fue como un destello. La sensación fue muy parecida a cuando nuestras miradas se habían encontrado y habían entablado una conversación ausente de palabras. Era electrizante. Su piel era suave, y me gustó. Su sonrisa era cautivadora, y parecía que de un momento a otro iba a iluminarse en su totalidad. Por acto reflejo, levanté mi pulgar y me entretuve acariciando el dorso de su mano con toda delicadeza que poseía en ese momento.


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Re: Extinguiendo recuerdos {Elena <3}

Mensaje por Elena K. Melkumyants el Miér Abr 17, 2013 1:02 am

Me gustaba la forma en que esa chica me miraba. Me hacía sentir, en cierta manera, que yo le parecía especial, quizás tanto como ella me lo parecía a mi. A cada nuevo segundo que transcurría con su mirada puesta sobre mi rostro, yo sonreía con un poco más de alegría, mis ojos se iluminaban un poco más; ella parecía notarlo y sin embargo no se detenía: eso me gustaba todavía más. ¿Había algún punto de ella que no me gustara? Cierto, la conozco hace ¿qué? ¿una hora? ¿O eran quince minutos? No, no, Elena, si no han sido más de cinco. Ese fue el instante en que noté que el tiempo perdía toda lógica a su lado. ¿Me preocupaba? No, me daba igual, me ponía feliz, raro o no, loco o no, lo estaba viviendo y lo iba a disfrutar sonriente, como siempre. Sentada en la estación con la chica pelirroja, pelirroja como yo. Sí, de eso iría mi historia.

-¿Lo crees en serio?.- pregunté ilusionada por la idea.- La verdad es que nunca me he fijado demasiado en mi nombre, o en si es bonito o no, pero muchas gracias.-volví a mirarla un instante, sin poder salir de ese estado de ¿hipnosis? .- Tú eres muy bonita también.- ¿También? Ella no ha dicho eso de ti.- Bueno, bonita como mi nombre, si, eso.- Y ahí estaba. Las desventajas de ser una niña: dicen que soy tierna y adorable como una niña, feliz como una niña, pero… me avergüenzo por las mismas cosas que lo haría una niña. Como cuando como más dulces de los debidos. O cuando digo una mala palabra. No quería que ella me viera de esa manera, así que volví a sonreír, cosa nada difícil para mi.

Sorpresa, sorpresa: somos compañeras de Universidad.-¡Genial!- exclamé sin poder disimular el gran entusiasmo que eso me provocaba ¿Qué significaba eso? : Tendría oportunidad de volverla a ver, una vez, o dos, o muchas. También compartíamos facultad. Asentí mientras miraba su cámara…Una fotógrafa…- ¿Y qué tipo de cosas te gusta retratar? Soy alguien muy observadora ¿sabes? Siempre estoy mirando alrededor, y me parece que todo es tan perfecto… No podría decidirme por hacer una u otra fotografía, enloquecería. Eso si, creo que a mi me gustarían un poco más los paisajes que las personas; amo mirar a mi alrededor siempre, por sobretodo los árboles, me encantan los árboles.- Demasiada información, Elena. Siempre hablo asi, de esta manera incontrolable, pero ahora parecía haberse acentuado más. Dile algo, algo sobre ella, ella sigue aquí, no quieres que se vaya.- Aunque…a veces hay personas muy bonitas a las que definitivamente retraría por sobre el paisaje.- añadí mordiéndome el labio mientras bajaba un poco la mirada. Creí que decir ‘como tú’ no era necesario: sería más que obvio si se había mirado al espejo alguna vez.

Misma Universidad, misma fraternidad, en un mundillo tan reducido ¿cómo es que no nos habíamos conocido antes? No creo en las coincidencias, sino en el destino: teníamos que conocernos en esto momento y así lo hicimos. Porque de pronto no puedo imaginar el día de mañana sin haber sostenido este encuentro hoy, sin que ella hubiese aparecido aquí ¿Se preguntaría la chica también todas estas cosas?. Los guiones. Al menos podía saber que sí se preguntaba algo sobre mi.- Oh, no, en realidad no escribo guiones.- respondí negando lentamente, sin perder la sonrisa.- Deseo ser actriz, o directora, pero escribir no es lo mío, me gusta más bien…representar los escenarios que me dan, encontrar el arte y la perfección en ellos. Lo que ocurre es que nuestro maestro es algo…-suspiré. Nunca me resultaba fácil encontrar palabras cuando algo me parecía ma… no bueno. ¡Es que hablar de cosas buenas es mucho más fácil.- fatalista.- concluí.- Ya sabes, nos hace conscientes de que es muy difícil triunfar en el mundo de la actuación, así que quiere que tengamos una segunda opción, y por eso prueba si podríamos funcionar escribiendo. Aunque al menos conmigo, se equivocó de chica.- Arrugué la nariz un momento y luego ladeé la cabeza. ¿Por qué todo el mundo se empeñaba en echar abajo los sueños de los demás? Ellos lo llamaban ‘ser realista’ pero a mi me parece pura amargura de aquellos que no consiguieron sus ideales.

Otra vez el tiempo se había alterado. Los instantes sin que me hablase, sin escuchar su voz o sentir su mirada sobre mi, sino en el techo, se habían hecho eternos. Para cuando me dijo su nombre, sentí que habían pasado años. Pero su voz me hizo respirar nuevamente.- Alondra…-repetí en un susurro, con voz calma y serena.- tu nombre si que es bonito.- dije asintiendo para dar énfasis: no quería que le cupiesen dudas sobre lo maravillosa que me parecía ella…su nombre.

Su comentario me pareció simplemente adorable, e hizo que me sintiera todavía más cerca de ella, porque le daba importancia a las mismas cosa que yo. Ella pareció avergonzarse por algo que no logré entender, así que decidí mostrarle mi entusiasmo para alegrarla nuevamente. Sí, seguía necesitando con desesperación verla bien.- ¡Sí! ¡Y me encanta! Para el cabello, el rojo es mi color favorito; amo esos días con escasos rayos de sol en el que puedes ponerte contra ellos y sentir como si tu cabeza estuviese ardiendo ¡Es muy divertido!.- desde que era una niña pequeña ese acto cotidiano me hacía levantarme. Si veía sol, o indicios de que iba a aparecer durante el día, era la primera en salir de la cama para esperar ansiosa al aire libre que comenzara aquel juego. No hay nada mejor para mi que las cosas simples.

Alondra respondió a mis caricias, y entonces yo quise hacer más, y saber si ella quería corresponder a eso. Quería saber si se sentía tan cómoda como yo en su cercanía, si para ella esta fría estación se antojaba en estos momentos como el lugar más cálido como me parecía a mi.- Ven, hace frío.- Moví con cuidado el brazo cuya mano no sostenía la de la muchacha y lo pasé alrededor de sus hombros, volviendo a abrazarla, a cubrirla como hace unos instantes. Dejé que apoyara su cabeza en mi hombro, puesto que al parecer yo era un poco más alta. Y besé su cabello.- Es un lugar un tanto extraño para estar…pero quiero seguir aquí, Alondra.- Alondra, Alondra, me encantaba como sonaba su nombre entre mis labios, y de pronto estaba segura de que nadie lo pronunciaba en la manera en que lo hacía yo.




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Re: Extinguiendo recuerdos {Elena <3}

Mensaje por Alondra C. Townley el Lun Abr 29, 2013 9:00 am

¿Cómo iba a decirlo de broma? Si precisamente una de mis cualidades (o defectos, en algunas ocasiones) era la sinceridad. No decía nada en vano. ¿Jamás lo había pensado? Pues a mí me causaba cosas. Era como un nombre mágico, maravillosamente original. Se podría acortar con Lena. Lena suena bien, es bonito igual. Ena también es agradable. Tenía una tía segunda que se llamaba Ena a secas.

—Claro que lo creo en serio, totalmente —asentí. Luego dijo aquellas palabras y noté un escalofrío recorrer mi cuerpo. ¿De verdad? No, no podía preguntarle eso. Así que seguí mirando sus ojos, que no dejaban de mirar los míos, enfermos pero felices.

Me preguntaba qué pensaría de mí, además de lo que había dicho. Parecía como si le cayera bien, pero tampoco podía asegurarlo. Quería… quería gustarle. Necesitaba gustarle.

—Retrato cualquier cosa. Me… —pensé durante unos instantes algo que sonara un poco coherente—, me gusta fotografiar a la gente. Anónimos de la ciudad, olvidados por unos y tan importantes para otros. Y también me gusta el cielo y las estrellas. Los árboles son bonitos, ¿has estado alguna vez en Siberia? Mi abuela dice que si fuera allí con la cámara no podría dejar de sostenerla frente a mí.

Su último comentario me hizo ruborizarme, más que nada porque pensé que iba con segundas intenciones. Mi mente comenzó a maquinar sin darle yo permiso, imaginando: un estudio, ella y yo. Y mi Leica, claro. Uno, blanco y negro. Dos, teleobjetivo. Tres, obertura media del diafragma. Cuatro, velocidad de obturación regular. Cinco, sensibilidad alta. Seis, plano americano cenital. Siete, flash desactivado. Ocho, luz blanda con un foco con paraguas lateral derecho. Nueve, luces del estudio apagadas. Diez, clic. Bajé la mirada y solté un suspiro que se transformó en una risa. ¿Por qué me sentía tan bien al recrear esa imagen?

—Comprendo… a mí me piden que analice fotografías de otros autores que no me gustan demasiado, como si me importara si el fotógrafo usaba trípode o no mientras pulsaba el disparador. En cambio otros sí que me apasionan. ¿Sabes quién es Richard Avedon? Fotografiaba a las estrellas como Marilyn Monroe igual que a los más desfavorecidos de América. Hacía largas sesiones con los modelos para que terminaran exhaustos y mostraran en las fotografías su faceta más sincera y real —expliqué, sin darle tiempo para responder. Me encantaba hablar de Avedon y de su fotografía, podría haberlo hecho hasta la eternidad. Pero ahora aquel fotógrafo cuyas fotografías eran mágicas para mí estaba perdiendo puntos, ya no estaba en la escala de prioridades. Elena, sin embargo, estaba subiendo escalones sin cesar. No pude evitar sonreír un poco socarrona—. Yo creo que vas a triunfar.

—Alondra, sí —afirmé—. Mi madre decía que en español significa “pájaro”. Quiero decir, hay un pájaro que se llama así.

Lo cierto es que aunque sí que sabía que significaba “pájaro” en otro idioma, no tenía la más remota idea de por qué había querido llamarme así. Supongo que era una de esas preguntas cuya respuesta jamás lograría encontrar. Sonreí al oír que le encantaba mi pelo. El suyo también era precioso. Me daban ganas de enrollar mis manos en él y acariciarlo hasta saciarme. Seguro que era una sensación maravillosa. Y sentía un gran vacío al no poder experimentarla, ya nada tenía sentido si no podía hacer lo que quería hacer en aquel momento.

Sus caricias se tornaban más presentes, y eso me gustaba. Casi sin darme cuenta, hice algunos movimientos torpes con mi mano hasta que entrelacé mis dedos con los suyos. Su palma contra la mía, esta vez en la misma dirección. Mis dedos rozando su dorso. Estuve a punto de suspirar otra vez, dejándome llevar por la situación. Y cuando escuché su voz nuevamente, cuando me dijo que viniera, en ese evidente tono de preocupación, cerré los ojos un par de segundos. Dejé que me envolviera en su abrazo de ángel, apoyando mi cabeza en su hombro, descansando. Sentí su calor, la calidez que irradiaba y que comenzaba a gustarme.

—Sí, hace frío —mentí. Sí que hacía frío fuera, pero ya no lo notaba. Estaba tan cerca de Elena que era imposible sentir algo más que no fuera ella. Lo que sí que empezó a molestarme fue el sol, que después de la lluvia y un arcoíris muy tímido, comenzaba a salir por el este con esa luz para mí cegadora. Mi visión se reducía a tan solo un diez por ciento, convirtiendo la realidad en una fotografía sobreexpuesta. En términos más sencillos y menos técnicos: una fotografía quemada. Con la mano que tenía libre rebusqué en el bolsillo de mi chaqueta y saqué mis Ray-Ban de pasta. Me las puse, colocándolas bien en el puente de mi nariz, aunque siempre se acababan cayendo—. Espero que no te moleste, es que el exceso de luz me hace daño en los ojos.

Me limité a disfrutar de la sensación. Acariciando su mano, escuchando su respiración, sintiendo su calor, notando sus caricias, sintiendo los incesantes latidos de mi corazón. No se detenía, tampoco quería que lo hiciera. Estaba… bien.

—Yo también quiero seguir aquí, Elena —dije en un susurro.

Contigo. Eso último no lo dije, porque podía sonar disparatado, y lo último que quería hacer era asustarla. En tan poco tiempo había conectado con Elena de una forma muy especial. Nunca antes había sentido eso. Mi ángel me abrazaba con sus alas dulces. Por primera vez deseaba que el tiempo se detuviera. Que las agujas de todos los relojes del mundo se congelaran en un instante, prometiéndome la eternidad. Solo quería seguir así, abrazando a aquella chica.

—Me gustan tus besos —confesé. Esta vez sabiendo el riesgo que corría, pero tampoco me importaba mucho ya. Era la verdad que podía decir en aquel momento, porque no se me ocurría ninguna más salvo todos los sentimientos que cruzaban mi mente y mi ser en esos momentos, torturándome mientras me alentaba a algo más, a hacer alguna cosa que podría tener consecuencias.


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